Hoy tengo la certeza de que el valor necesario era demasiado para mi orgullo. Empeñada en la idea de mantener incorruptible la elegancia que imprimo a mis palabras, dejé de lado la curiosa manera que tienen algunos sentimientos para brotar tras ellas. Una primera reacción ante el imprevisto de tu acontecer cotidiano me sumió, una vez más, en la imagen cuidada de mí misma, razonable, paciente y comprensiva. Nada hacía prever que mis mecanismos de supervivencia, tan útiles antaño, fueran a quedar reducidos por los silencios en los que releo cada mensaje buscando el momento en el que tus palabras me ligaron a ti de una manera tan inconsciente y rotunda. Sigo sin entrever en la construcción de este diálogo dónde puede esconderse tal misterio, pero tengo la certeza de que son celos lo que siento y, tal vez, nostalgia. Nostalgia de cuando era, en verdad, paciente, razonable y comprensiva.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
sábado, 5 de marzo de 2011
LA REALIDAD Y LO ESPERADO
La realidad siempre le parecía diferente a lo esperado. Por eso se calaba un sombrero gris hasta las orejas y subía el cuello de la gabardina hasta casi el borde del sombrero. Lo irónico de esta indumentaria es que le daba un aspecto de tipo duro al que nada podía hacerle interrumpir su camino y capaz de solventar cualquier inconveniente. Él sabía que esa imagen algún día se volvería contra él, conocía sus imperfecciones y sus miedos. Caminaba, no obstante, con la seguridad de encontrar una salida a cada escollo. Al fin y al cabo sus rutinas le eran conocidas y se desenvolvía bien entre sus compañeros. Su indumentaria algo peculiar infundía cierto respeto en ellos, aunque no por ello dejaba de ser una persona cercana, atento a los sinsabores cotidianos, alegre en las pequeñas celebraciones y dedicado a su trabajo en un perfecto equilibrio entre el esfuerzo y el descanso necesarios.
Se levantaba no demasiado temprano y salía al periódico. Recorría las mismas calles cada mañana, en su tremendo afán por utilizar el camino mas corto. Odiaba perder el tiempo cuando se trataba de cumplir con un horario. Entraba a la oficina y colgaba la gabardina y el sombrero en el perchero de la puerta, lo que descubría un vestuario no tan formal como el exterior aparentaba. Odiaba también los convencionalismos, por lo que en él una gabardina y un sombrero no daban paso a traje de chaqueta y camisa, sino a un vaquero y una camiseta, que poco tenían que ver con el gris exterior. Desempeñaba su trabajo con esfuerzo y preocupación, pero éstos desaparecían cuando sonaba el teléfono y era algún amigo, cuando le gastabas una broma, pero sobre todo desaparecían por completo cuando volvía a calarse el sombrero y enfundarse en la gabardina gris. Entonces bajaba a la calle sin ninguna preocupación por cual era el camino más corto y se dirigía a la tasca dónde lo esperaba algún amigo o alguna chica. Eran muy raros los días en que nuestro personaje volvía directamente a casa. Vivía solo y necesitaba cierto ruido antes de descansar.
Lo demás del resto de su vida poco tiene que ver con la historia que me propongo contar. Ni su infancia, ni su adolescencia vienen al caso. Tampoco sus líos amorosos, de los que sólo señalaré que los vivió, como el resto de aconteceres, con un tremendo afán de disfrutar de cuanto le rodeaba. Daba igual que fuera una cerveza, un libro o una conversación. Ésta era una de las razones para que la gente que le rodeaba desconociera sus miedos. Era impensable que el chico de la gabardina gris y el sombrero, el poco convencional y el que sabía disfrutar de la vida se rompiera en mil pedazos cuando descubriera aquella mañana que su vida no tenía nuevos giros que dar, que las opciones y las metas se habían acabado para él. Entonces salió a la calle completamente desnudo y comenzó a correr sin ningún rumbo. Cuando se dejó caer exhausto en un banco miró a su alrededor y despertó de una pesadilla. Estaba en su habitación, no se había movido de la cama. Dejó pasar el tiempo sin darle demasiada importancia, ni intentar ahondar en el significado de su sueño. Y se abandonó a disfrutar más que nunca, a salir más que nunca, a escribir más que nunca y a leer más que nunca. En realidad olvidó pronto aquel sueño, pero se enfrascó en la lectura, devoraba los libros, disfrutaba de las historias y del estilo de los autores. Se fue volviendo cada vez más crítico con sus lecturas y todo esto le hizo crecer en su trabajo. Sus artículos mejoraron, pidió un aumento y comenzó a dar clases en la universidad. La vida seguía pareciéndole distinta de lo esperado y confiaba en las sorpresas que podía ofrecerle. Se sabía un hombre feliz, las dificultades le entristecían pero le hacían crecer, se sentía respetado y querido, y siempre supo celebrar cada pequeño avance.
Pasado cierto tiempo comenzó a trabajar en un cuento, que pasó a ser novela corta cuando descubrió que la historia que planteaba carecía de la tensión necesaria para que el relato dejara al lector suspendido interminables segundos en uno de tantos latidos. Elaboró la trama, dibujo los personajes con cierta maestría, pero la verdadera genialidad del texto consistía en la riqueza de matices de aquellos espacios tan imposibles como cotidianos. La novela fue un éxito entre sus amigos más cercanos, algunos compañeros de trabajo, cierto editor y finalmente fue publicada. Todo el mundo lo felicitó por el nuevo paso en su carrera, pero él no supo apreciarlo.
Releía el texto y lo corregía una y otra vez. En cada lectura encontraba más fallos en la estructura narrativa o simplemente no lo reconocía como un estilo propio. Se convirtió así en su crítico mas duro. Pronto se arrepintió de haber sobrevalorado el texto inicial y de haberlo enviado tan pronto a la editorial. Consideró esto un error e intentó retirar el libro de las librerías, pero los editores se negaron. Maldijo la industria y el comercio que eran el único motor que impedía que éste fuese retirado. Fue cayendo en una apatía que a él mismo le parecía absurda, pero contra la que no era capaz de luchar. Comenzó la dejadez en su trabajo, cada día y cada noche dedicaba más horas a corregir la novela y a reescribir nuevos fragmentos de manera que la historia adquiría matices nuevos y sumaba páginas. Descuidó no sólo su trabajo, sino también todas sus rutinas, los amigos, la tasca, su indumentaria y su camino mas corto para ser puntual.
Aquella mañana se encontraba sumido en esta espiral, en el sinsentido de reescribir la misma historia una y otra vez. Agotado dejó el ordenador. Observó la puerta de casa, los cuadros, las estanterías de los libros y salió al balcón a fumar un cigarro. Decidió abandonar el texto, porque acaba de entender lo que realmente faltaba. Eran los personajes que había descubierto en todas sus lecturas. Era tan simple, echaba de menos a los Buendía, al viejo del mar, a Ahram, a Glauka, a Godot, a Sancho, a todos los ciegos del Ensayo y hasta las sombras de Comala.
A veces imagino que “existes tan sólo en este libro”, que “puedo suicidarnos con romper una página”, pero vuelvo a la realidad y “el teléfono se convierte en un huésped sin noticias”. Nunca pude imaginar, eso sí, este final para la historia, este guiño añejo del destino. Me niego a entender la trama de este cuento, me niego a visualizar la descripción de los personajes. Intento ser narrador, pero tengo que aceptar la condición de protagonista ajeno a la construcción del relato. Hoy es muy difícil mantenerme al margen, no robarte el teclado del ordenador y reescribir la historia. Sueño que borro los pasajes en que resuelves la intriga, cuando conozco el fondo del misterio y el tiempo se detiene en una enorme pausa descriptiva que muestra nuestras reacciones y evidencia que la historia agotó su tiempo, que la tensión ya está resuelta, que no hay próxima acción. Sueño que puedo borrar a mi antojo, inventar aventuras y convertir este texto en una novela de miles de páginas. Luego dejo de odiar al destino, dejo de anteponer mis impulsos y presento mis respetos al autor, me conmueven sus razones. Y termino releyendo el texto, una vez más, y ¿cómo no?, echándote de menos.
jueves, 23 de diciembre de 2010
ASALTO A LA EDUCACIÓN Y LA SANIDAD PÚBLICAS
Parecemos convencidos, sobre todo los más jóvenes, de que la educación y la sanidad son públicas y gratuitas. Yo, a día de hoy, y observando la pasividad que esta sociedad demuestra ante los diferentes abusos de poder que ejerce el gobierno regional empiezo a sentir miedo ante la devaluación de las mismas. Hoy se aprueba en la Asamblea Regional el Proyecto de Ley propuesto por el Partido Popular para recortar el presupuesto de la región en 300 millones de euros. Lo que me parece gravísimo es que dicho gobierno haya decidido que los recortes sean aplicados a bienes tan básicos y tan necesarios como son educación y sanidad. Parece que esta familia se ha vuelto loca, vende su casa para comprar vestidos bonitos, copas de bohemia, un buen cava y brindar bajo el Puente de los Peligros por el precioso cielo estrellado.
Los recortes salariales y la subida en horas de trabajo a los funcionarios públicos son hoy el centro de la protesta, pero sin duda me preocupan también algunas cuestiones de las que se está hablando menos, como son los despidos de personal o la repercusión social que tiene esta medida para cada uno de los ciudadanos. O acaso vamos a ser tan simples como para pensar que un gobierno, que no protege y defiende los derechos de sus propio trabajadores, va a crear mecanismos para defender a cualquier trabajador que sea despedido sin causa justificada, le sea reducido su salario o le sea aumentado su horario. La misma persona que despide, reduce salarios y aumenta horarios por supuesto que no. Por esto considero que los DERECHOS por los que luchan hoy los TRABAJADORES de la función pública son los derechos de TODOS LOS CIUDADANOS.
Sólo todos y cada uno de nosotros tenemos la capacidad de cambiar las cosas y no dejar que se ejerza semejante abuso de poder. PERSONAL DOCENTE, SANITARIO Y TODOS LOS TRABAJADORES en la CALLE, en la PROTESTA y en la HUELGA está nuestro poder, está nuestra respuesta y están nuestras razones.
Murcia, 23 de diciembre de 2010
lunes, 13 de septiembre de 2010
Tener clase, Manuel Vicent
No depende de la posición social, ni de la educación recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida. Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma natural de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el inerior del individuo determina cada uno de sus actos. La sociedad está llena de este tipo de seres privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso, carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora, arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminimar, de estar sentados, de conreír, de permanecer siempre en un discreto segungo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran. Y encima les sienta bien la ropa, con la elegancia que ya se lleva en los huesos desde que se nace. Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad insoportable. Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono patán que busque, a como dé lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de humillar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y mal gusto reinante tamién existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados en sus propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad. Los encontrarás en cualquier parte, en las capas altas o bajas, en la derecha y en la izquierda. Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente humillado.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Murcia, septiembre de 1999; una pequeña tribu de almas perdidas comienza el primer curso de FILOLOGÍA HISPÁNICA. Nervios, ilusión y poesían nos unían. Entre la vorágine de "polluelos universitarios" un pequeño grupo de avispados estudiantes se alza al vuelo; jueves noche botellón en la fama al son de "La Bamba"; risas, celeridad y una desbortadante energía nos coronan. Poco a poco vamos llegando todos; Javi que siempre traía galletas, Ana que quería salir de fiesta, Rosa y sus eternos cafés, Toñi y sus desayunos lectivos de Itaca, Verónica y sus apuntes, Sonia paseando su eterna melancolía en el trayecto "Murcia- El Palmar", Almu y sus conversaciones de diván, Susana y "Rayuela", Eva con su camiseta "hamletriana", Inma y su tímida sabiduría, Mariángeles y su guitarra, Alejandro y su guitarra... Ya estábamos todos, deleitándonos con las metáforas puras y los desplazamientos calificativos de la poesía de Vicente Aleixandre, o el "tremendismo mágico" de Vicente Cervera, que siempre nos miró con "ojos de perro azul", y cómo no, mención especial, la yod cuarta de Pepe Perona, ¡feliz navidad!
Entre todos estabas tú, Ali, pequeñita y rubita, nuestra "spiri gonçález", siempre brincando de ilusión en ilusión, infatigable hasta la desmesura en noches de café y signo lingüístico, o de un "ojalá" que nunca ha cesado de sonar.
Entre tanto, "Timbres de luz argentina", un nuevo proyecto en el que seguíamos dibujando ventanas juntos. Sin lugar a dudas, la Argentina te caló fondo; allí estaba Juan, y sin mucho pesar, el mar, el viento y la vida nos lo trajeron. Y desde entonces hasta hoy, llevamos y lleváis navegando.
Tenéis la fortuna de compartiros, de ser el uno para el otro, por lo que no nos queda más que desearos toda la felicidad que merecéis.
Ali, tú eres nuestra pequeña hadita, ya sabes, y con tus deseos y propósitos contagias a todos. Una vez más lo has conseguido, como todo lo que te propones.
Sed muy felices, porque no hay mayor deseo para hoy que éste: FELICIDAD.
Os queremos.
viernes, 10 de septiembre de 2010
SIN ESPADAS
Parece que escucho cientos de luces eclosionar a mi paso, una suerte de peldaños se tambalean bajo la ciudad ajena a mi recorrido cotidiano. Me siento furiosa, estoy tan furiosa que el soneto de Lope ha cobrado un sentido inusitado. Las imágenes de ciertos cuadros conocidos se desvirtúan en los cristales huecos de fuentes inimaginarias, que antaño fueron surtidores de aguas de colores. Me rodean cientos de elementos sin sentido alguno, sin orden y sin utilidad. He decidido no tener aliados en esta batalla y casi en esta guerra, aunque en realidad sé que son batalla y guerra perdidas de antemano. Se puede ganar sin buenas armas para el combate, sin escudo o sin celada, pero no se sale victorioso sin la convicción de que las fuerzas y la astucia serán suficientes.
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