martes, 24 de marzo de 2009

2666, ROBERTO BOLAÑO

Roberto Bolaño, autor de 2666, nos traslada a través de su personalísimo estilo a paisajes transidos de dolor, brutalidad y muerte. Realizamos como lectores un trayecto por una historia plagada de elementos propios de la novela negra; pero este autor transgrede todos los límites de cualquier género literario y nos presenta personajes, lugares y argumentos en un puzzle que no pretende ensamblar sus piezas para mostrarnos una imagen precisa y definitiva. La unión de cada pieza con el resto es debida a una fuerte intriga que atraviesa toda la novela y mantiene al lector con el libro abierto entre las manos, resolviendo los puntos que la inusual estructura plantea. El lector prevé, anticipa, crea y une fragmentos de esta historia, convirtiendose así en alguien activo ante el texto. Desea un final o una resolución de la intriga, a pesar de que sabe de antemano que no se producirá, pero se negará a creerlo hasta el momento en que cierre el volumen tras haber leido la última página.
Es un libro apasionado y cruel, escrito con un eficaz y elegantísimo estilo. Es, en definitiva, un guiño literario y cómplice a las literaturas europeas y latinoamericanas.

lunes, 23 de marzo de 2009

Era pacífico y peligroso

PATENTE DE CORSO

ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 22 de Marzo de 2009

No pretendo compartir mi dolor, ni nada de eso. Le habría parecido un ejercicio cursi. Una mariconada. Sólo aprovecho esta página para dedicarle el homenaje que merecía. Que le habría gustado tener cuando palmara. Murió hace unos días, a los cincuenta y nueve tacos, tras un derrame cerebral que lo tuvo un mes con el pie en el estribo. Pepe Perona, maestro de Gramática. No firmaba de otro modo. También era catedrático de Gramática Histórica de la Universidad de Murcia, pero eso le importaba menos. Era un maldito esnob. A algunos de ustedes les suena, supongo, porque durante quince años asomó en estos artículos, de vez en cuando, en su calidad de miembro de la selecta hermandad de arponeros de Nantucket, entre humo de tabaco y ginebra azul. También fue personaje de una novela mía: Néstor Perona, maestro cartógrafo. Hasta en el cine salió un pavo haciendo de él. Bastante bien, por cierto. Ahora se ha muerto, el muy cabrón, dejándome aullando como un lobo triste. Buscando alguien en quien vengarlo, y vengarme. Café, tabaco y silencio, hoy prohibidos, decía. Y libros. Miles de ellos. Sabía griego, latín. Su tesis doctoral se tituló Influencia de Nietszche y Schopenhauer en la generación del 98. Lo sabía todo sobre Nebrija, sobre quien publicó una importante edición crítica. También tuvo la sangre fría de sacar In silentium, libro con todas las hojas en blanco. Lo tengo en mi biblioteca. «No leáis, que no merece la pena –decía–. Así, al menos, habrá menos chicles pegados en el suelo de los museos y las bibliotecas.» Le encantaba dar por saco a tontos, mediocres y canallas con ese desprecio refinado e inteligente, desprovisto de piedad, que era su marca del Zorro. «El peor cáncer de este tiempo es que las masas hayan aprendido a leer», escribía. «Así, la inteligencia se ha puesto a su servicio y se ha degradado.» Poseía una perspicacia apocalíptica y una cultura extraordinaria, que ponía a disposición de sus amigos como quien pone sobre la mesa un paquete de cigarrillos, un buen vino y unos cuantos vasos. Misántropo, malhumorado, gruñón, nunca tuvo el menor respeto por el género humano. Sólo por su familia y sus pocos amigos, a los que escogía deliberadamente. E infeliz quien no pasara el examen. A veces, en alguna cena, yo tenía que saltar casi por encima de la mesa para trincarlo por el cuello cuando le daba por escupir dialécticamente a alguien. Despreciando era letal. Implacable. La mejor definición que conozco es del periodista Antonio Arco, que lo conocía bien: «Era pacífico y peligroso». Me hizo feliz a menudo, acompañándome en momentos importantes de mi vida como escritor. Venía con el resto de la peña y se sumaba a comidas, a cenas, a copas hasta las tantas. Leal como un arponero intrépido. Yo lo admiraba, como todos, sin condiciones ni límites. Pertenecía a una casta superior. El día que consiguió su cátedra, el profesor Belmonte y yo cerramos una discoteca y le organizamos una fiesta invitando a todos los jóvenes de su facultad. Y quemamos Murcia. Entre mis mejores recuerdos se cuenta una noche en la que él y Alberto Montaner –otro monstruo extraordinario–, catedrático de la Universidad de Zaragoza, discutieron en el café Gijón de Madrid, adoptando uno el punto de vista dominico y otro el jesuita –podían haber intercambiado papeles sin despeinarse–, en un duelo irónico, brillantísimo, que nos tuvo a los amigos fascinados durante horas. Y es legendaria la anécdota de cuando una alumna fue a pedirle a Pepe Perona que dirigiera su tesis de licenciatura, y él dijo: «De acuerdo. Empezará usted yendo a la biblioteca del Vaticano, a Florencia y a Bolonia para prepararse. Le procuraré el modo de hacerlo». Ella respondió: «No creo que mi novio me deje». Y entonces el maestro de Gramática, indicándole la puerta, zanjó: «Pues que le dirija la tesis su novio, señorita». La ausencia de su sonrisa divertida y fatigada, sin esperanza, deja en mi vida un agujero del tamaño de un disparo de postas. Nunca olvidaré su mueca escéptica de sabio educado en la altivez del suicidio, que sabe cómo y dónde termina todo. «La cultura se ha ido a la mierda –solía decir–. Occidente ha desaparecido.» Adivinaba la venganza cíclica de la Historia en este cochambroso mundo viejo, impotente, ya sólo capaz de parodiarse a sí mismo, estrangulado por políticos iletrados y masas de turismo analfabeto. «Es un error promover la lectura del Quijote en las escuelas –escribió una vez–. ¿Quién librará a los alumnos de las depresiones promovidas por la lectura y su meditación?» Lo peor de todo es que, muriéndose a destiempo, el maestro de Gramática revienta nuestro plan de asistir juntos a las últimas horas de esta caduca y moribunda Europa: acodados en la ventana de una biblioteca, copa de vino y cigarrillo a mano, viendo a la gente correr aterrada por las calles mientras los bárbaros violan a respetables matronas, saquean la ciudad y arde Roma.

Sin palabras.
Algún día escribiré mi propio artículo en homenaje.

domingo, 22 de marzo de 2009

HABRÁ QUE CREER, ALEJANDRO FILIO



Como para crear hay que creer, aquí os dejo un pedacito de un concierto de Filio.

El guardián entre el centeno

- Creo que un día de estos averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso sería un lujo que no podrás permitirte. Ya sé que esto no va a gustarte nada, pero en cuanto descubrás qué es lo que quieres, lo primero que tendrás que hacer será tomarte en serio el colegio. No te quedará otro remedio. Te guste o no, lo cierto es que eres estudiante. Amas el conocimiento. Comenzarás a acercarte, si ése es tu deseo y tu esperanza, a un tipo de conocimiento muy querido de tu corazón. Entre otras cosas, verás que no eres la primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado, y hasta asqueado. Te alegrará y te animará saber que no estás solo en ese sentido. Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualemente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de lellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía.
Con esto no quiero decir que sólo los hombres cultivados puedan hacer una contribución significativa a la historia de la humanidad. No es así. Lo que sí afirmo, es que si esos hombres cultos tienen además genio creador, lo que desgraciadamente se da en muy pocos casos, dejan una huella mucho más profunda que los que poseen simplemente un talento innato. Tienden a expresarse con mayor claridad y a llevar su línea de pensamiento hasta las últimas consecuencias. Y lo que es más importante, el noventa por ciento de las veces tienen mayor humildad que el hombre no cultivado.

El dolor de la lucidez



"Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites. Sin piedad."

jueves, 19 de marzo de 2009

Hola chicos. He tardado un poquito en acceder a nuestro espacio, pero ya estoy aquí.
Me encanta la fuente que viene seleccionada de antemano para el texto, ¿a ti también, verdad Son?, ¿es "Georgia"? Una complicidad perfecta ya desde el principio...

Tenía ya muchas ganas de entrar, pero como en Murcia no tengo red, pues andamos más limitadillas. A lo largo de estas semanas en las que este fantástico ya había sido parido, he pensado mucho sobre qué escribir, ¿qué publicar? Ahora, frente al ordenador, paso. Es decir, paso de buscar, sólo quiero contaros, contarme a mí de alguna manera, que estoy triste. Sí, esta noche estoy muy triste.

A veces me gusta estar triste. Me suele pasar, que cuando así me siento, me pierdo, me pierdo en mí, y dudo, y me planteo, y no me encuentro, ni me defino ¡¿Y qué más da, verdad?!, ¡¿qué narices importa si no me encuentro en este momento?! "Supongo que es la estupidez de mi naturaleza" acabo diciéndome. En el fondo, es mucho mejor así.

Es siempre lo mismo. Es decir, me doy cuenta de que la tristeza se viste con los mismos guantes de seda para ajedrezar mi partida. La juega delicadamente, suave. A penas hace ruidos en sus movimientos de noche, pero yo la escucho. Se mueve pausadamente, y no acepta la derrota. A cada instante cavila un movimiento joven que la hará nueva, pero el jugador de enfrente me planteará otro anochecer. La penumbra me escandila otra vez. ¿Qué es? El tablero gris. Vuelvo a mover; peón, alfil, caballo, torre, rey y "JAQUE".

martes, 17 de marzo de 2009

Felicidades

CUMPLEAÑOS
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

En el día de tu cumpleaños, porque quiero anotar en nuestro blog la gracia de tu alegría.
Un beso muy grande, Ale.